Como tantos otros aficionados de este mundillo, paso bastante tiempo mirando el mercado de segunda mano tanto nacional como internacional de los modelos que me atraen aunque no tenga intención de comprar nada. Para mí es una forma tan buena como cualquier otra de matar el mono.

Como uno ya empieza a peinar canas, es bastante el tiempo que llevo practicando este pasatiempo, y, a decir verdad, de unos años a esta parte he podido observar un aumento bastante notable en el precio de la mayoría de los coches que son sinónimo de diversión en todo el mundo. Aunque es un fenómeno a nivel global, me centraré especialmente en nuestro país: no sólo porque es uno de los mercados en los que el aumento general de precios ha sido más acusado, sino porque, como es obvio, es el que más conozco y más me afecta. Cabe decir que no soy ningún experto en economía, simplemente un aficionado más que ha visto la trayectoria de ciertos modelos que han pasado de no quererlos nadie a ser verdaderos objetos de culto.

Los años de bonanza económica fueron también una buena época para los aficionados al motor: había dinero suficiente para que cualquiera pudiera permitirse un coche potente o, como mínimo, alguna de las versiones deportivas que las marcas ofrecían. No era raro ver a gente paseando sus nuevos BMW M3, Golf GTI, Civic Type R, Audi S3, Porsche Cayenne o incluso deportivos de la talla del 911 recién salidos del concesionario. El mercado de vehículos nuevos de estas características era muy importante, por lo que las versiones anteriores de los mismos estaban muy depreciadas. Parecía que todo el mundo quería llevar lo último de lo último, y eso provocó un bajón de precios en las generaciones previas de los modelos deportivos. La saga M nunca había sido tan alcanzable para el usuario medio, y tener un Golf sin las siglas GTI en el maletero parecía un sinsentido. El cliente tenía la última palabra (además del poder adquisitivo suficiente) , y los fabricantes se esmeraban en darle lo que quería: nuevas versiones, cada vez más potentes y con más extras.

Empezó así la locura: todos queríamos tener lo último. ¿Y qué hacer con el anterior? Se ponía a la venta o se entregaba como parte de pago en el concesionario y a por el nuevo, y así con muchos de los modelos “picantes” del mercado con algunos años a sus espaldas. Era común encontrar BMW E30 en sus motorizaciones más potentes por debajo de los 2.000€, Golf GTI Mk2 por menos de 1.000€ y así con la mayoría de los modelos picantes del mercado.

Pero cuando llegaron las vacas flacas el cuento empezó a cambiar: el chico de dieciocho años que trabajaba en la construcción o negocios relacionados ya no ganaba tanto dinero, y algunas familias adineradas se vieron afectadas por la incipiente crisis, perdiendo poder adquisitivo. Finalmente, ésta acabó afectando a casi todos los españoles en mayor o menor medida, motivo por el cual se empezó a ver una inversión en el mercado de segunda mano. Ahora eran las unidades nuevas, caras de mantener y que los dueños todavía estaban pagando las que se anunciaban en los portales de compra-venta, y los modelos que antes nadie quería eran lo único a lo que los “quemados” podían llegar si querían algo divertido en su garaje.

Por otro lado, en una España en la que predominaba el tuning barroco (y mayoritariamente recargado, aunque con algunas -muy pocas- honrosas excepciones) sobre todos los demás estilos de personalización y aftermarket, empezaban a cambiar las tornas. El racing, minoritario hasta ese momento en nuestro país -con la honrosa excepción del norte de la península- venía pegando fuerte, haciendo que determinados modelos vinculados a campeonatos de rally, subidas y slaloms empezaran a estar muy buscados, y que por consiguiente su precio aumentara de manera exponencial. Clio Williams o 16v, R5 GT Turbo, AX GTI o Saxos pasaron de llevar kilos de masilla y ensanches exagerados con llantas gigantes a juego a ser aligerados al máximo, con llantas de un tamaño más sensato y calzadas con gomas de altas prestaciones, todo ello en busca de la mayor efectividad en curva, centrándose sus dueños más en mecánica y mejoras dinámicas que en -muchas veces dudosa- estética.

A la vez que el estilo racing, irrumpe en España la cultura JDM y del drift, motivo por el cual los coches del país del sol naciente y/o de propulsión potentes pasan a estar aún más buscados que antes: el espectacular aumento de precio de coches como Nissan S13 o S14, BMW E30 y E36, o incluso el Mazda MX-5 son buenas muestras de ello. Tal ha sido el aumento desorbitado del precio en coches de este tipo que en otros países se le ha puesto nombre propio: “drift tax”, o impuesto sobre el drift. Otros en cambio suman valor por su escasez, como el Toyota Corolla AE86.

Pero no es el único estilo en auge dentro del mundillo. También hay otras corrientes que cogen fuerza en el país como son el german y el stance, que hacen que otros coches a los que nunca se había mirado con muy buenos ojos suban mucho de precio en poco tiempo, como son los Mercedes, BMW o Audi de gamas altas de hace algunas generaciones. Planchar el coche al suelo al máximo, casi siempre gracias a suspensión neumática es uno de los principales rasgos de estos estilos. Aunque no todas las bases para proyectos stance son de este tipo, sí que forman una parte importante, como pudimos ver en la Cream Show 2015.

Por todo esto y más hoy nos encontramos en la situación actual, en la que cualquiera que desee acceder a modelos que le puedan hacer disfrutar de la conducción ha de desembolsar cantidades mucho más altas que hace unos años. Los precios del mercado están completamente desajustados, llegándose a ver cosas tan disparatadas como BMW 316 e30 coupé por más de 4.000€, Civic EG de motorizaciones modestas por encima de 3.000€ (y los VTi por encima de los 6.000€), Nissan 200sx S14 muy por encima de los 10.000€ y S13 no por menos de 6.000€. El caso del pequeño roadster de Mazda es aún peor: cuando hace años ver un MX-5 de primera generación por 2.000€ era fácil, verlos ahora por menos de 4.000€ sin que el coche esté cayéndose a trozos es prácticamente un milagro.

Los clásicos de alta gama tampoco se ha librado de esta burbuja, ya que algunos inversores han encontrado un filón en ellos para hacer dinero rápidamente. Hace una década era común encontrar Porsche 911 Carrera 964 en precios cercanos a los 20.000€, 993 Turbo por poco más de 60.000€ o incluso Ferrari 348 por unos 30.000€. A día de hoy estos precios son impensables, llegando al punto de ser más barato adquirir de segunda mano un Porsche 997 Carrera que un 964 Carrera. El del 993 es un caso a parte en sí mismo, están a precios muy superiores a lo que vale un Porsche Turbo nuevo. Parece que ningún modelo se salva, ya que incluso los que eran considerados “patitos feos” como el Porsche 944 o el Ferrari 308 Mondial tienen precios exageradamente superiores a los de hace unos pocos años, en algunos casos incluso llegando a doblar su precio respecto al punto álgido de su depreciación.

Y es que otro factor que influye muchísimo en los precios que vemos hoy día es el de la especulación: gente que busca los pocos coches que salen a la venta a precios lógicos para venderlos al precio que se cotizan hoy en día o incluso más, haciendo que la burbuja crezca sin parar, porque al igual que el ladrillo hace 10 años, parece que el tonto es el que no compra para vender más caro. Todo esto es un suma y sigue que hace que el círculo vicioso en el que nos hemos visto inmersos nunca pare, y la culpa no es del que vende, sino del que compra.

La verdad es que la situación me recuerda demasiado a lo ocurrido con las viviendas hace unos años. La gente invertía en “el ladrillo” porque era un valor seguro que no bajaba de precio y los pisos pasaban de mano en mano, multiplicando su precio por el camino. Por otra parte, si bien es cierto que los deportivos puros parecen ser una especie en extinción (y si la cosa sigue así pronto no podremos comprar más que electrodomésticos en los concesionarios), la diferencia más notable entre ambos casos es que las viviendas son un bien de primera necesidad. Los coches, en cambio, no.

También es cierto que aunque llevamos varios años con estabilidad en el precio del carburante, está claro que en cualquier momento éste puede subir exponencialmente y la lógica dice que a medida que se vayan agotando las reservas de petróleo, éste subirá más y más. Por otro lado las medidas anticontaminación empiezan a hacerse efectivas, los ayuntamientos de algunas grandes ciudades europeas ya han puesto fecha en la que algunos vehículos no podrán circular por sus calles (y hay varios criterios para hacer la criba, entre ellos la antigüedad). Si a esto le sumamos ITV cada vez más restrictivas (incluso se oyen rumores de que van a empezar a comprobar también las centralitas en busca de reprogramaciones), lo lógico sería pensar que puede que invertir en coches no sea un buen negocio a largo plazo. Por supuesto no hablo de superdeportivos o modelos muy exclusivos de los más prestigiosos fabricantes como Lamborghini, Ferrari o Bugatti. Es evidente que para estos coches siempre habrá mercado, y es que sus precios no se rigen por las mismas normas que los demás.

La cuestión es que pese a tener tantos elementos en contra, cada vez que veo que, por ejemplo, un Civic EK4 con un altísimo kilometraje y el kit completo de piezas chinas de eBay y AliExpress se vende en pocas horas por más de 6.000€ pierdo la fe en que esta burbuja explote a corto plazo.

Mientras tanto, los que buscamos un cacharro que nos saque una sonrisa un domingo en un puerto de montaña o circuito tenemos que conformarnos con mirar a los afortunados que compraron antes de que el mundo se volviera loco con los precios, o a los que han decidido no esperar más y pagar lo que piden por el modelo que buscaban, mientras esperamos que el mercado recupere la cordura y los demás también podamos hacernos con el nuestro.